Por momentos, la política peruana parece más un espectáculo cuidadosamente producido que un ejercicio serio de liderazgo. Y si hay alguien que ha apostado todo a esa lógica en esta campaña, es César Acuña. Sin embargo, tras el debate de ayer, la escenografía digital que lo rodeaba empezó a desmoronarse.
Durante semanas, Acuña ha intentado posicionarse como una figura cercana a los jóvenes. Lo hemos visto rodeado de influencers, vinculado a streamers, recibiendo reconocimientos simbólicos del mundo urbano y apareciendo junto a figuras del deporte. Una estrategia millonaria orientada a conquistar el voto joven. Pero hay un problema que ninguna campaña puede maquillar: la realidad.
Y los debates están precisamente para eso. Son el filtro más crudo, el momento donde se separa la imagen del contenido, el personaje del candidato. Ayer, Acuña no solo no estuvo a la altura, sino que evidenció sus limitaciones con una claridad difícil de ignorar. Incapaz de sostener una idea coherente en intervenciones breves, dejó la sensación de que su discurso no resiste la improvisación. La ironía fue inevitable: por momentos, parecía que Carlos Álvarez interpreta mejor a Acuña que el propio Acuña.
Pero el golpe no vino solo de su desempeño. En el intercambio directo, Fernando Olivera no tuvo reparos en confrontarlo y recordarle episodios de su pasado: cuestionamientos a su gestión en Trujillo, los problemas de seguridad ciudadana durante su administración, el deterioro urbano y, más grave aún, las acusaciones sobre el origen de su fortuna y presuntos vínculos que han sido materia de polémica durante años.
Todo esto expone una verdad incómoda: las llamadas “travesuras” de Acuña no son simples anécdotas, sino sombras que persisten y que ninguna estrategia de marketing logra disipar. Porque una cosa es construir una narrativa en redes sociales, y otra muy distinta es sostener credibilidad bajo presión real.
Lo ocurrido en el debate no fue un tropiezo aislado, sino una señal. La imagen digital, cuidadosamente elaborada, se enfrentó a la prueba más básica de la política: la capacidad de pensar, responder y liderar en tiempo real. Y ahí, Acuña quedó en evidencia.
La pregunta, entonces, deja de ser retórica y se vuelve urgente: ¿puede un candidato que no logra sostener un argumento sostener un país?
El electorado tiene la palabra.
Columnista de ILAD Media