Este 12 de abril no solo enfrentaremos las elecciones generales de costumbre, sino que nos veremos expuestos a un menú político tan variado que amenaza desorientar a los votantes. Cada elección resulta siempre un reto para los electores. No es usual encontrar candidatos acordes a nuestro pensamiento o adecuados para la labor legislativa o ejecutiva. Ahora se suman más de 30 partidos que pelearán por más de un lugar como diputados, senadores por «región» y distrito nacional, parlamentarios andinos y un inquilino para la casa de Pizarro, un reto innecesariamente engorroso para los electores.
Un sondeo de Datum muestra un panorama bastante desolador: el 80% de los ciudadanos no se siente representado por ningún partido político. Entre los gurús de la política local se habla siempre de fortalecer la democracia, meta bastante abstracta.
En su lugar las contra-propuestas deben ser concretas: casi la mitad de los votantes solo va por obligación, por lo que si se desea aumentar el poder de decisión de la gente lo primero será discutir la simplificación de la cédula electoral y las instituciones en juego.
El Parlamento Andino es una institución supranacional cuyas decisiones no son vinculantes, sino recomendaciones, ¿es necesario entonces usar el voto directo para elegir los cinco miembros nacionales? ¿o sería mejor que el congreso los escoja para evadir una elección intrascendente? Si bien la integración regional es importante, no es este parlamento una entidad de peso, no son eurodiputados. Por consiguiente se debe discutir su modificación o disolución.
Por otro lado, hace unos años la congresista Tudela planteó tres medidas para una reforma política, una de ellas era tener distritos electorales más pequeños para el Congreso. Durante el primer siglo de república, las provincias enviaban un diputado en su representación, en el siglo XX se cambia al régimen de distritos plurinominales por departamento, pensando en darle más espacio a los grupos minoritarios. Los tiempos han cambiado y la relación de los electores con sus representantes, como vimos párrafos atrás, es muy distante. Reducir el tamaño de los distritos electorales es una oportunidad frente al desgastado sistema político, si bien no promete el éxito, siquiera daría la chance de que los electores no se mareen por la cantidad de congresistas por circunscripción —Lima tiene más de treinta— y tengan bien claro a quiénes reclamar sus necesidades u objeciones.
La restauración de las bicameralidad nos ofrece un senado que se quedará los cinco años de gobierno de manera inamovible, mientras se puede disolver la cámara baja, la cuestión es si por alguna razón la población le quita la confianza a los senadores no hay renovación que permita a los electores castigar a los miembros de la cámara alta hasta las siguientes elecciones generales. En términos más amigables, los senadores se quedarán los cinco años mientras que la cámara baja y el presidente pueden ser vacados o disueltos. La balanza de poder está sellada por este pequeño pero importante detalle, y será tarea del siguiente congreso revisar la renovación por mitades, digamos por ejemplo que se escoja la mitad del senado junto al presidente y la otra mitad a medio periodo de gobierno.
Por último, para disminuir la sobrecarga de partidos no es necesario subir los requisitos de inscripción, en cambio solo se requiere generar los incentivos para que se formen tres o más partidos estables en el tiempo y que sirven de canales para los movimientos políticos. Los EEUU e Inglaterra tienen pocos partidos en el poder por los incentivos de las normas electorales, por ejemplo distritos electorales uninominales o voto indirecto por colegios electorales, no por tener requisitos insanos para nuevas agrupaciones.
Con estas consideraciones se podría modificar la cédula de cinco columnas a solo tres: presidente, diputados y una de senadores. El vínculo de la población con el sistema político no tendría que ser visto como un dolor de cabeza, menos en un país con nuestros niveles actuales de desinterés. Simplificar la elección es el primer paso para recuperar la representación.
Columnista