Son treinta y siete los partidos que este doce de abril se disputarán los puestos en el Ejecutivo y el Legislativo. Treinta y siete es un número alto, una condición atípica que convierte a las elecciones del presente año en la cúspide de los síntomas de muchos males que durante largo tiempo ha asolado a este país, nuestro país, que en algún momento se jodió y aún se sigue jodiendo, que ya tiene treinta y cinco millones de personas y aumentando en sus entrañas, un país de muchas etnias y un solo nombre, el Perú.
Para los peruanos de a pie, los que tienen que levantarse temprano y sufrir las inclemencias de los infiernos de cemento, tierra y arena que son las principales ciudades del país, la realidad política del Perú resulta agreste. Somos el segundo país de la región con jornadas laborales más extensas, solo por debajo de Colombia, jornadas laborales que no suelen acabar en la hora de salida, sino que se extienden de tal forma que las ocho horas estipuladas por ley se convierten en un saludo a la bandera. Y esta situación la agrava el tráfico vehicular, fenómeno que ha provocado que Lima y Arequipa ocupen el octavo y noveno lugar entre las ciudades con mayor tráfico vehicular del mundo. y segundo y tercero en Sudamérica.
Son más de treinta y cinco los partidos hoy inscritos para las elecciones generales, cada uno con un ideario, con una lista de candidatos al Legislativo y Ejecutivo. Pero este es un país donde las formas de vida se orientan a cubrir las necesidades vitales por sobre lo demás, lo que hace que invertir tiempo en informarse no sea opción. Y ahí entra la mente del votante, fetiche de los economistas, los politólogos y los comunicadores. Los votantes sienten y razonan: sienten, porque primero la información pasa por el sistema límbico a través de la amígdala; y razonan, porque luego de sentir realizan un análisis gracias a la corteza cerebral que les lleva a la decisión.
Pero muy erróneamente se cree que, como las decisiones en el mercado, el «voto es racional». Cuando se dice esto no suele tenerse en cuenta que la racionalidad es limitada, sino que se asume inocentemente que el voto, así como la elección de un producto, no guarda tras de sí causas irracionales. Ni lo uno ni lo otro son completamente racionales, Así como las empresas contratan psicólogos y equipos de marketing orientados a generar la necesidad de compra en los consumidores, los partidos políticos también contratan y articulan equipos que generan estrategias para conseguir el voto del ciudadano. El voto se decide con la amígdala, y en un país con muchas carencias y necesidades, el mito del votante racional es cada vez más evidente.
Se dice con justa razón que el voto del peruano es emocional, que el peruano vota con el hígado, y esto explica también el que, como un péndulo, la política peruana haya ido de un lado a otro por razones como el antivoto más que por realmente conocer a los candidatos. Y se evidencia aún más por el hecho de que los peruanos no sabemos ni los nombres de quienes son esos personajes que pululan por el Legislativo y el Ejecutivo, además de no sentirnos representados por ellos. Es más, la idea de representación asume una mayor racionalidad y conocimiento del votante sobre el candidato elegido que la que realmente se tiene.
Con todo esto, que no nos sorprenda que el voto de muchos hermanos nuestros se decida a último minuto por el trabajo en barrios, redes sociales, o los debates que realizan los candidatos. Esto no es malo en sí, sino la muestra de que, en un país como este, conseguir el voto de los ciudadanos no va solo de mostrarles la información en los noticieros o colgándola en un portal web esperando a que la consulten por su propia cuenta; la cuestión va por otro lado: va de ensuciarse las manos y recorrer cada barrio, viajar por cada pueblo, por cada departamento, atravesar punas, bosques y montañas de hormigón para, además de conocer a la gente, a personas de carne y hueso, convencerlas.
Columnista