¿Debate sobre el voto femenino o batalla ideológica? El caso de Erika Kirk en EE. UU
El feminismo ha construido un discurso en el que se presenta como el único intérprete legítimo de los intereses de las mujeres. En ese contexto, quienes expresan posturas distintas a las del feminismo dominante son, con frecuencia, descalificadas bajo el argumento de que sus ideas responden a una influencia patriarcal y no a una decisión tomada de manera autónoma. La reciente polémica en Estados Unidos por las declaraciones de Erika Kirk, viuda del activista conservador Charlie Kirk, vuelve a poner en evidencia esa contradicción.
Como sostiene Suzanne Venker en The Flipside of Feminism (2011), «rechazar el feminismo no significa rechazar la igualdad de las mujeres, sino reconocer que estas no necesitan del feminismo para ser iguales a los hombres porque ya lo son, aunque no sean lo mismo».
Si el feminismo aspira realmente a defender la libertad de las mujeres, debería comenzar por reconocer que esa libertad incluye también el derecho de una mujer a disentir sin ser descalificada por ello. Porque la libertad deja de ser auténtica cuando solo se concede a quienes piensan igual, pero ¿realmente las iniciativas como el «voto por hogar» favorecen al conservadurismo o lo dañan en términos políticos y electorales?
Todo comenzó cuando, durante el Women’s Leadership Summit, Erika Kirk expresó su simpatía por el llamado household voting o «voto por hogar», un sistema según el cual una familia emitiría un solo voto representado por el jefe del hogar. A pesar de que sus declaraciones provocaron una gran controversia, es legítimo cuestionarse si esta propuesta constituye una estrategia favorable para el movimiento conservador mismo.
En las elecciones presidenciales de 2024, Donald Trump recibió el apoyo de millones de mujeres para su candidatura republicana. Si el voto de las mujeres se dejara de ejercer individualmente, también se reduciría una parte significativa del respaldo electoral que actualmente recibe dicho sector. Una propuesta como esta, en vez de alzar la causa conservadora, podría acabar por debilitarla.
Las elecciones presidenciales de 2024 reflejaron nuevamente la diferencia entre el voto femenino y masculino en el electorado estadounidense. De acuerdo con BBC News Mundo, el 54 % de las mujeres votó por Kamala Harris, mientras que el 44 % respaldó a Donald Trump. Entre los hombres ocurrió lo contrario: el 54 % apoyó a Trump y el 44 % a Harris, evidenciando diferencias en las preferencias electorales según el género.
Además, el derecho al voto de las mujeres en EEUU está protegido por la Decimonovena Enmienda de la Constitución, aprobada por el Congreso en 1919 y ratificada el 18 de agosto de 1920, la cual establece que el sufragio no puede ser negado o restringido por razón de sexo. Es decir, el voto femenino constituye un derecho constitucional plenamente consolidado. Este contexto no convierte en acertadas las declaraciones de Kirk, pero sí demuestra que el debate político fue presentado por muchos como una amenaza inminente cuando, en realidad, no existe una iniciativa institucional para revertir ese derecho.
Continuar con este debate podría apartar la atención de asuntos que hoy son más preocupantes para los ciudadanos estadounidenses, como la economía, la seguridad, la inmigración o el fortalecimiento familiar. Incluso podría fortalecer la noción, respaldada por sus oponentes políticos, de que el conservadurismo busca limitar derechos, lo que podría alejar a los republicanos moderados o a los indecisos que comparten los valores del conservadurismo, aunque no necesariamente esta propuesta.
Como afirmó el filósofo conservador Roger Scruton en la entrevista «What It Means to Be a Conservative» (National Review, 2018), «existe una batalla fundamental por defender instituciones esenciales, como el matrimonio y la familia». Desde esa perspectiva, no resulta extraño que una defensa de la familia tradicional genere una reacción tan intensa en sectores del feminismo contemporáneo.
En política también importa elegir las batallas, pues dedicar esfuerzos a una propuesta sin viabilidad puede terminar dando más argumentos a los adversarios que beneficios al propio movimiento. Y es así que, mientras la discusión gira en torno al «voto por hogar», otros temas importantes para el conservadurismo pasan a un segundo plano cuando en realidad es lo que se debería priorizar.
Columnista