Caos, destrucción y alboroto. Todo eso es lo que nos han dejado algunas de las dichosas marchas feministas de este 8 de marzo. Cada año se presentan como una jornada de reivindicación por los derechos de las mujeres, una movilización que busca la igualdad ante la ley y la condena a la violencia que muchas de ellas sufren.
Sin embargo, lo que hemos visto recientemente en varias de estas marchas nos obliga a hacernos una pregunta: ¿sigue siendo esto una lucha por derechos o se está convirtiendo en una forma de radicalismo político?
En uno de los videos que se viralizó durante las protestas del 8M, un grupo de manifestantes se congregó frente a una iglesia, gritando consignas agresivas y atacando con insultos y provocaciones a la barrera de protección formada por personas que intentaban resguardar el templo. La escena no muestra una demanda legítima de derechos; muestra hostilidad contra una institución religiosa y contra quienes profesan esa fe.
Y este no es un hecho aislado.
Durante estas marchas también se registraron actos de vandalismo en calles, monumentos y edificios públicos, con grafitis y enfrentamientos con la policía.
Aquí hay un punto fundamental: la protesta es un derecho; el vandalismo no lo es.
Cuando un movimiento justifica la destrucción de espacios públicos o el ataque a la religión de otras personas, deja de ser una causa moral para convertirse en una forma de presión radical que termina perjudicando a la propia sociedad.
Por otro lado, cuando estos desmanes terminan y solo quedan los estragos manchando las calles, quienes se encargan de limpiar todo eso suelen ser las señoras de limpieza pública: mujeres que trabajan, que no tienen la culpa de estos actos, pero que cargan con la penosa responsabilidad de arreglar el desorden de otras. Esto no es igualdad. Esto es sectarismo político.
Una causa justa no necesita atacar iglesias, ni pintar monumentos, ni convertir las calles en un campo de confrontación. Cuando eso ocurre, el mensaje que llega a la ciudadanía ya no es el de justicia o derechos, sino el de intolerancia disfrazada de activismo.
Si el feminismo pretende ser una lucha por la igualdad, debería deslindar claramente de estas prácticas radicales. Porque mientras la imagen del movimiento siga asociada a alborotos y consignas de odio, cada vez más personas se preguntarán si la causa que dicen defender sigue siendo realmente una causa de igualdad.
Columnista de ILAD Media