Cultura

La incongruencia del “slow fashion”

Un fenómeno que está asediando el mundo de la moda es el famoso slow fashion.

Un fenómeno que está asediando el mundo de la moda es el famoso slow fashion, o moda lenta, en castellano. Se trata de un conjunto de pautas morales y conductas que rechazan las grandes tiendas por departamento y marcas de producción masiva que tuvieron un auge en los años 80 y 90, catalogadas como fast fashion.

Los activistas del slow fashion, de la mano con la agenda ambientalista, solo compran prendas de producción sostenible, local y de bajo impacto medioambiental, y abogan por darle una segunda vida a nuestras prendas reciclando, donando o intercambiando.

¿Utopía o realidad?

Esta tendencia, que en un inicio puede parecer altruista, pronto cae en una serie de incongruencias y se vuelve -irónicamente- insostenible.

Lamentablemente, en el Perú, el slow fashion es una filosofía de vida a la que solo pueden acceder unos pocos privilegiados, porque para asegurarnos de que toda una línea de producción sea justa, tendría que incrementarse de sobremanera el costo del producto y hay individuos o familias que no pueden pagar ello.

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Los últimos reportes del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) revelaron que el 27,5% de peruanos vive en situación de pobreza, es decir, más de 9 millones de peruanos no pueden costear una canasta básica familiar. 

Es así que los influencers ambientalistas demuestran una desconexión de la realidad nacional, porque una persona en situación de vulnerabilidad no se va a preguntar qué marca es la más sostenible a la hora de vestir a sus hijos, sino qué tienda le va permitir comprar más por un menor precio.

Soluciones y perspectivas

La industria de la moda ha sido catalogada como la segunda más contaminante a nivel mundial, culpable del 8% de los gases invernadero y del 20% de desperdicio de agua. Una solución real, y la más obvia, para aquellos que están comprometidos con las causas ambientalistas, sería simplemente dejar de consumir.

Vale la pena preguntarnos por qué esto no es una opción y señalar lo paradójico e inmoral del discurso ambientalista en la moda, una industria que, con sus defectos y superficialidades, emplea a más de 300 millones de personas en todo el mundo. En vez de demonizar y dictar qué es correcto comprar y no, quizás sería más eficiente apelar a la conciencia y responsabilidad financiera propia.

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